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Destacados / 21 Nov — 2021

Sebastián Cobo

Ocupar Un Vacío

Por José Tomás Fontecilla

 

Lo abismal aparece en nosotros de diferentes formas: en un encuentro inesperado, en un paisaje abrumador, al final de un largo viaje o recién al comenzar uno. Como nos dice el queridísimo Barthes, “heridas o felicidad, me dan a veces ganas de abismarme”. Así, tanto en una mañana de campo como en un día de lluvia a la espera de un barco, podemos sucumbir, ya sea por una explosión de amor o por la falta total de este. Absortos, nos abismamos. Quien sea que haya experimentado alguna vez el amor por algo, por alguien, seguro ha experimentado esas ganas de abismarse.

Es un momento de hipnosis, de desvanecimiento, son puntos de suspenso en que “me confío, me transfiero”, a un otro que no está ahí, a todo menos a ese otro. Abismarse es fugarse, desconectarse, desreponsabilizarse de los atascos del mundo. Absorto está tanto el niño que dibuja garabatos en una pared como Robert Plant cuando se lamenta, casi sin aire, why don´t you please come home. Para Barthes abismarse es ese ataque de anonadamiento que se apodera del sujeto amoroso, tanto por desesperación como por plenitud.

Algo de ese extrañamiento tiene la abstracción que, más que significar, es un intertanto, un momento ingrávido de concentración, de desconexión, de hechizo y, por qué no, de encanto. Para quien lo hace supone un momento de embelesamiento lúdico, un acoplamiento con la cosa, con la cosa que captura su atención; es un afuera del mundo en el mundo, es la entrega absoluta a la cosa amada. Para quien lo mira, un intento imposible por ponerle nombre a lo indecible.

Sin duda, las obras que presenta Sebastián Cobo en esta exposición componen ese universo. Son producto de un trabajo meticuloso, repetitivo, pasmoso: horas y horas de líneas, puntos, rayas, formas, texturas, pruebas, errores, vuelta a comenzar. No se trata aquí de los grandes temas de la humanidad; no es la tecnología desafiando los límites entre la vida y la no vida ni de reflexionar críticamente sobre los dispositivos de control social, no, el arte ni cerca está de rozar esos temas.

En los trabajos de Cobo hay algo silencioso, casi monástico, hay un ritmo constante que busca formas, composiciones, cierta armonía, un universal; es por definición honesto, casi estoico. Sus obras tienen una frecuencia baja, sin duda algo obsesivo; son producto de un trabajo meticuloso, como meticulosos son los diseñadores -cada cosa en su lugar y cada lugar para la cosa-, no obstante, a diferencia del diseño, no es sino en el ejercicio formal mismo en la que las obras encuentran su fin.

En cada obra hay un deseo incontrolable de perfección, de unidad; el desborde obsesivo de líneas y gestos está franqueado por unos márgenes bien definidos, por unas fronteras nada difusas, en un derrame contenido, en que pequeños gestos dan paso a imágenes reconocibles, figuras geométricas conocidas cuyas texturas componen un trabajo minucioso de rellenar un vacío, literalmente, de abismarse en la cosa.


Hasta el 12 de diciembre de 2021 en Galería Animal, Av. Nueva Costanera Nº 3731, Vitacura, Santiago de Chile